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Crónica del pueblo de Ixtacalco

El pueblo de Ixtacalco (Iztacalco)
Entre caminos frondosos, aguas apacibles, chalupas y un paisaje excepcional, pasear por Ixtacalco era un placer en el siglo XIX. Esta vez rescatamos una crónica del escritor Manuel Payno, en la que evoca lo que era aquella región atravesada por el canal de la Viga y el alborozo provocado en los días de fiesta del pueblo

Habrán visto nuestros lectores, la manera como se fundó la gran ciudad, cómo estaba cuando la conquistaron los españoles, y cómo se fue formando la nueva capital después de la conquista. Desde esa época a la fecha, todo lo antiguo se puede decir que ha desaparecido, y no quedan más que algunos vestigios, que se perderán enteramente en pocos años. Sin embargo, en los pueblos pequeños de Santa Anita e Ixtacalco, hay algo que recuerda las épocas de los reyes y emperadores mexicanos.


Ixtacalco, que viene de las voces mexicanas tlali ompaatl, que significa “tierra en el agua”, e ixtlacalli, Casa Blanca, está situado rumbo al S. E., a distancia de una legua, o poco más de la capital, en las orillas del ancho canal que comunica la laguna de Chalco con la de Tezcuco. Ambos pueblos, que en su totalidad se componen de población indígena, se puede asegurar que a poco más o menos están lo mismo que en tiempo de la conquista. Unas casas son de adobe, otras de carrizos, y muy pocas de cal y piedra. Todos los habitantes son propietarios de pequeños terrenos, que con carrizos y capas de tierra vegetal, han formado sobre las aguas del canal; de suerte, que como islas flotantes, pueden ser trasportados con facilidad de un lugar a otro. En estos terrenos, que se llaman chinampas, siembran todo el año flores y hortalizas. En algunas estaciones del año, nada hay más pintoresco que estos pueblecillos retratados en las claras aguas del canal y rodeados de isletas, las unas cubiertas de fragantes rosas de Castilla, las otras de claveles y azucenas, las más lejanas de rojas amapolas y de olorosos chícharos. Repentinamente dos indios, embarcados en una canoa pequeña, tiran con un cable y se llevan a remolque, para colocarla en otro paraje, una isla entera llena de flores o de legumbres.
El que haya ojeado la historia antigua de este país, tan interesante y tan poética, puede fácilmente, cuando se halla en Ixtacalco, figurarse en su imaginación lo que sería esta ignorada Venecia del Nuevo Mundo, no sentada entre las hirvientes olas de la mar, sino reposando tendida como una ondina entre las aguas azules y apacibles de los lagos, y entre las variadas flores y arbustos de que estaban llenas las islas.

Este canal, estas chinampas, este pueblecillo, siempre húmedo y frondoso, es lo que más llama la atención de los extranjeros instruidos, que no dejan de admirar esta agricultura sencilla y primitiva, y esta antigua invención de los jardines flotantes, dignos de los pueblos más adelantados en la civilización. Los indígenas que habitan estos pueblos, siembran casi en todas las estaciones del año, flores y verduras, y las vienen a vender a la ciudad, conduciéndolas por el canal, en unas chalupas muy pequeñas. Según los cálculos hechos por algunas personas curiosas, el sólo valor de las flores, pasa en cada año de 12 000 pesos. La población de los dos pueblecillos llegará en el día a 1 500 habitantes.

Durante los meses de la primavera, y especialmente en el Viernes de Dolores y Semana Santa, el canal de la Viga se cubre de chalupas y canoas llenas de flores, y las chinampas quedan por algunos días marchitas y eriazas; pero a poco vuelven a tapizarse de esa primorosa alfombra, con que la naturaleza sabe cubrir la tierra, y el comercio continúa por algunos meses.

Santa Anita e Ixtacalco, son los paseos favoritos de la gente del pueblo. En la estación propia, que comienza el primer domingo de Cuaresma, y concluye en la Pascua de Espíritu Santo, todos los días festivos se dirigen las gentes en bandadas al embarcadero de la Viga. En una canoa se colocan hasta cincuenta hombres y mujeres, sentados en los bordes. El centro lo ocupan tres o cuatro músicos, y una o dos parejas de bailadoras, que alternan el jarabe, el palomo, el artillero, y otros sonecillos del país, como se dice generalmente. A veces la mitad de los pasajeros cantan y acompañan a los músicos. Una vez que las gentes llegan al pueblo, se reparten en las chozas de los indios, y precisamente han de comer tamales, pato, o cualquiera otra cosa. En cuanto a bebida, se puede asegurar que ninguno deja de tomar un vaso de pulque. Al oscurecer regresan todas las canoas, y las mujeres y los hombres vuelven a su casa con una corona de rosas o de amapolas. Entretanto, la gente del pueblo olvida en aquellos momentos su condición y su miseria; la aristocracia, en soberbios carruajes, recorre fantástica y rápida aquellas calzadas espaciosas que están junto al canal, y goza del húmedo ambiente de las aguas, y de la escena soberbia que presenta el ancho valle de México, cuando el sol se pone detrás de las montañas, y tiñe, con una tinta rosada, la alta y solitaria cumbre de los volcanes.



Esta litografía de Casimiro Castro retrata el puente utilizado para cruzar el canal de la Viga a la altura del pueblo de Santiago y la iglesia de San Matías, construida a mediados del siglo XVI. En este vínculo se aprecia la vista actual del lugar –en la esquina de calzada de la Viga y Santiago, en el tradicional barrio de la Asunción, delegación Iztacalco–, donde aún se puede ver, la plaza, el templo y un kiosco que al parecer sustituyó a la fuente decimonónica.
* El texto y la imagen provienen de la obra: México y sus alrededores. Colección de monumentos, trajes y paisajes dibujados al natural y litografiados por los artistas mexicanos C. Castro, J. Campillo, L. Auda y G. RodríguezMéxico, Establecimiento Litográfico Decaen, 1864.
PUBLICADO EN CIUDAD ÍNTIMA, POR RICARDO CRUZ GARCÍA

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