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Por fin pudo adquirir sus placas para motocicleta

Adquirir placas para motocicleta
Día 3: Pasan siete días y regresas. ¡Ya hay placas! Te “preasignan” un número, llenas una forma y te dan un papel para ir a pagar a la Tesorería. La señora Josefina García Vieyra te dice que puedes pagar en cualquier módulo de la Secretaría de Finanzas del DF, incluso en los que están dentro de plazas comerciales. Ah, bueno.

Después del trabajo te diriges a la oficina de la Tesorería que está en San Lorenzo Tezonco. “¿Puedo pagar aquí las placas de mi moto?” Te recibe una persona que dejaron de encargada por un momento y sabe menos que tú de cómo hacer el trámite. Va a ver a “la jefa”, quien se encuentra platicando alegremente al fondo de las oficinas. No la quiere interrumpir, hasta que por fin le pregunta sobre tu asunto. Regresa lentamente y te dice que sí, que tomes un turno. Perfecto. Esperas unos veinte minutos. Pasas con un funcionario. Que no se puede, que ese hace trámite no se hace aquí. “Pero en la recepción me dijeron que sí”. “Pues no. Bueno, déjeme intentarlo… pero no, el sistema no me lo permite. Tiene que ir a las oficinas de Tesorería en la Comercial Mexicana de Gran Sur o en Miguel Ángel de Quevedo”.

La burocracia te decepciona, como siempre. Piensas que es uno de los mayores males del país, que a pesar de que es un problema que afecta directamente a los ciudadanos en su día a día, el gobierno de la capital ni siquiera se ha planteado acabar con ese lastre que desgasta, roba tiempo y entorpece la vida ciudadana. Te vas enojado.

Te diriges con celeridad hacia Gran Sur. Llegas corriendo porque ya es de noche y están a punto de cerrar la plaza. Hay una larga fila en la caja para pagar trámites de Tesorería. Vas ansioso y desesperado. La verdad, esperas otro fracaso. Recuerdas que ahí puedes pagar sólo si llevas una línea de captura. En fin, llegas y se confirma lo que pensabas. Otra opción descartada. Mañana será otro día.

Día 4: Te levantas temprano para ir a la Tesorería de Miguel Ángel de Quevedo y arreglar de una vez por todas lo de la placa para tu moto. Ha sido un verdadero calvario, pero aún no sabes lo que te espera.

Haces fila para que te atiendan. Pasan unos veinte minutos. Llegas con una señorita muy amable que amablemente te dice que ese trámite ya no se hace ahí, que hasta el día de ayer se hacía, pero ya no. ¡Qué mala suerte tienes! (De eso ya no puedes culpar al gobierno del DF ni a la Tesorería ni a la burocracia, sólo a tu maldita suerte.) Le haces tu cara de sufrido, pero ni así te puede ayudar. Que tienes que ir las oficinas de la Secretaría de Finanzas en Izazaga, cerca del metro Isabel la Católica, al lado de una asociación de charros. Ahí están sacando las placas de motos.

Te diriges ahora hacia el centro de la ciudad. Abordas el subterráneo en Miguel Ángel de Quevedo. Transbordas en Balderas. Línea rosa. Bajas en Isabel la Católica. Buscas el edificio de Finanzas. Llegas, te registras, firmas y subes al primer piso. Un oficinista anciano te recibe y pregunta a qué vienes. Te pasa al fondo. Entras a una oficina deprimente. Una señora regordeta con el cabello esponjado y los labios pintados de rojo te atiende. Que qué trámite vas a hacer. Placa para moto. “Siéntate, en un momento te atiende el licenciado”. Pasan casi veinte minutos en los que ves decenas de cajas de cartón amontonadas con miles de papeles dentro, teléfonos mugrosos sonando, cientos de papeles revueltos, tijeras, plumas, un escritorio anticuado y sucio, una oficina vacía. El ambiente es gris.

DEPARTAMENTO DE CONTRIBUCIONES VEHICULARES DE LA SECRETARÍA DE FINANZAS DEL DF 

El Jefe de la Unidad Departamental de Contribuciones Vehiculares de la Secretaría de Finanzas del DF, José Luis Cárdenas, te pide tus papeles. Se tarda media hora más. Te imprime un formato con tus datos para que pagues. Ya nada más falta eso. Que puedes ir a la Comer, a cualquier banco o a una Tesorería. Ya no confías en lo que te dice y vas directo a la Tesorería, en San Lázaro, casi enfrente de la Cámara de Diputados. Más gente formada, más burocracia. Que llenes un formato. En esta fila hay sillas para esperar el avance sentado. Oyes pláticas, quejas, enojos, todo referente a vueltas y vueltas inútiles para hacer trámites ínfimos.

Después de casi una hora, te atiende un funcionario de la Tesorería. Después de revisar tus papeles, te dice que tu solicitud de la Setravi no viene sellada y que así no te puede cobrar. ¡Una vez más! Le reclamas que se pongan de acuerdo, pero sabes que es en vano. Sales, caminas rápido y tomas un microbús con dirección a las oficinas de Setravi de Venustiano Carranza, donde iniciaste el papeleo. Pasas directo con Josefina García, la encargada de tu trámite. “¡Nada más por un sello te lo regresaron!” “Sí, usted cree”, sigues el juego de la conversación en la que ella, obviamente, no tiene la culpa. “Ay, se pasan de veras. ¡Qué gente!” Te pone el sellito. Regresas a Tesorería en San Lázaro. Ya vas enojado y desesperado, ya no te formas, pasas directo con el señor que te había atendido. Ya casi van a cerrar. Ve tus papeles nuevamente, te dice que por qué traes un documento de la Secretaría de Finanzas, que ése no cuenta, que no tenías que ir hasta allá a sacar ese papel, que todo se podía hacer en la Tesorería, que va a ver con su jefe si se puede hacer el trámite de esa forma… Se tarda cerca de cinco minutos y te dice que está complicado, que no se puede, que mejor vengas mañana. “¡No puede ser! No quiero venir mañana ¡Sólo quiero pagar las placas de mis moto! ¡No les estoy pidiendo nada! ¡Sólo quiero que me cobren!” Parece que quieres llorar. El señor se apiada de ti, dice “bueno, déjeme ver” y regresa con un formato para que ya sólo pagues en la caja. Ves que en realidad sí se podía y no era tan complicado. Pagas y te vas corriendo a la Setravi de Venustiano Carranza para que te entreguen tu placa y tu tarjeta de circulación.

Llegas directo con Josefina García. Le das el recibo de pago. Lo revisa y checa que todos tus papeles estén bien. Te avisa que esperes un momento. Se va a dar una vuelta por las oficinas. Pasan diez, quince minutos. Ya estás ansioso. Regresa y te llama. “Sabe qué, fui a checar lo de su pago y todavía no me aparece en el sistema. Tenemos que esperar unas horas a que pase, pero como ya vamos a cerrar…” “¿Cómo cree? Me urge tener mis placas”. “Pues sí, ya la tengo aquí con su tarjeta de circulación (te las enseña), pero no se las puedo dar”. Te resignas. “Bueno, vengo mañana. ¿Seguro ya estarán?” “Sí, sin falta”. Te tranquilizas. Un día más qué más da.

Día 5 (y último… por fin): Después de salir de la Setravi te quedaste reflexionando sobre lo que te dijo la funcionaria. Malpensado como eres, no crees que Setravi ni Tesorería cuenten con un sistema para ver si ya se hizo un pago, ¡si por eso te dan un recibo que avala el cobro! Me la volvieron a hacer, piensas, y recuerdas que cuando estabas en la oficina de la Setravi, oíste que el jefe, Oscar Humberto Campos Hernández, no estaba en su escritorio, y que la tarjeta de circulación que te enseñó la burócrata no tenía su firma, por lo que piensas que más bien no te pudo entregar tu placa ni tu tarjeta porque no estaba el encargado para firmar los papeles. ¡Claro!

En fin, dejas tus locas y atrevidas suposiciones sobra la burocracia capitalina y a la mañana siguiente te diriges a la Setravi de V. Carranza. Vas lo más tranquilo posible, sabes que pronto tendrás la placa en tus manos y podrás andar en la ciudad en moto y sin problemas. Llegas, saludas muy amable, pasas con la funcionaria, te recuerda, te saluda con cortesía. “Ahora sí ya”, te dice. Saca tus papeles y te hace entrega de tu tarjeta de circulación y tu placa. Después de todo, te sientes muy feliz y piensas qué bonito hubiera sido realizar este viacrucis en moto y cuánto tiempo te hubieras ahorrado.

Como buen mexicano, aguantaste la más ruda prueba de la burocracia, pero ¿hasta cuándo la seguiremos aguantando?

PUBLICADO EN CIUDAD ÍNTIMA
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Escrito por Ricardo Cruz

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1 comentario:

  1. Me pasado lo mismo por cosas del endose de la factura original y ahora me salen con que la factura fue emitida antes de que el sat la autorizara y ahora que, demonios... el encargado de las oficinas de recaudación me dice que busque a la persona que me la vendió pero el es el segundo dueño y el primero es una señora que yo ni conozco y que quien sabe si viva. En fin todo un caos. No pense que fuera tan complicado.

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