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98 Aniversario del Natalicio de Octavio Paz

El arte ejerció una fascinación especial en Octavio Paz desde su niñez, sobre todo las expresiones prehispánicas, debido a que cerca de su casa en Mixcoac había un santuario azteca que visitaba con frecuencia acompañado de sus primos.

Esa pequeña pirámide fue no sólo un sitio para jugar, sino una puerta hacia un México desconocido. En la biblioteca de su abuelo, Irineo Paz, abundaban los libros de historia antigua de México. Además, el arqueólogo Manuel Gamio, así como el etnólogo e historiador Miguel Othón de Mendizábal, eran amigos de su familia.

Al ingresar en el bachillerato, Paz hizo amistad con Salvador Toscano, quien años más tarde escribiría la primera historia del arte mesoamericano, Arte precolombino de México y América Central (1944). En su intento por configurar los elementos esenciales de la estética indígena, Toscano descubrió en la obra plástica precortesiana la mezcla de dos rasgos aparentemente contradictorios: lo terrible y lo sublime. Paz retomaría esa idea en sus escritos.

“Las esculturas y monumentos de los antiguos mexicanos son obras a un tiempo maravillosas y horribles, quiero decir, obras que están impregnadas del sentimiento confuso y sublime de lo sagrado”.

Paz y Toscano se convirtieron en asiduos visitantes del Museo Nacional y recorrieron las principales zonas arqueológicas de los valles de México y Puebla, acompañados por otros amigos. De esa iniciación temprana y privilegiada nació su fascinación por el arte.

Más tarde, el poeta traduciría esa fascinación en prácticamente todas las vertientes creativas, desde la pintura y la escultura, a las vidas mismas que, en su opinión, representaban obras de arte, como en el caso de Sor Juana Inés de la Cruz.

Precisamente de ella escribió con respecto al libro La Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691): “No solamente es una de las primeras autobiografías intelectuales de la cultura moderna, sino que es la primera autobiografía de una mujer”.

Así, en Materia y Sentido: el arte mexicano en la mirada de Octavio Paz el Premio Nobel mexicano comenta que como resultado del problema ocasionado por la claridad, inteligencia y libertad con las que Sor Juana expresó su pensamiento – algo inédito en una monja -, el confesor de la poeta, el jesuita Antonio Núñez de Miranda, le retiró sus auxilios espirituales y se negó a verla. Al  no encontrar otra salida, Sor Juana se doblegó ante las presiones y obtuvo el perdón de su confesor a través de la sumisión y la renuncia a las letras y el conocimiento.

En el capítulo final de su ensayo, Paz recuerda que Sor Juana tenía predilección por tres figuras de la mitología y la historia sagrada: Isis, la diosa egipcia, madre universal pero sobre todo madre de las letras y la sabiduría; Santa Catalina de Alejandría, otra egipcia, doncella sabia y mártir, que defendió su derecho al saber profano y pidió la educación universal para las mujeres, y Factón, hijo de Apolo y Climene, que murió fulminado por el rayo de Zeus por haberse atrevido a conducir los caballos del Sol, lo que simboliza la osadía del espíritu humano y sus fracasos, tal como le ocurrió a Sor Juana.

Sobre el arte en México después de la Independencia, Paz apunta que se estableció una ruptura o un desgarramiento, una herida aún no cicatrizada. En concordancia con la interpretación del historiador Edmundo O’Gorman, Paz argumenta que a la violencia de la guerra de independencia se sumó otra forma de violencia, no sangrienta pero acaso más profunda: la negación de la tradición monárquica vinculada a la ortodoxia de la Iglesia católica, así como el intento de adoptar y adaptar las ideas de la tradición de la democracia liberal en su versión estadounidense.

“En el terreno artístico predominó el equilibrio ‘decoroso, pero poco inspirado’, de la Academia. El neoclásico, estilo dominante de la época, fue introducido a través de la Academia de San Carlos, fundada en 1784. Uno de los representantes y maestros más destacados de esa escuela artística fue el arquitecto y escultor valenciano Manuel Tolsá, autor entre otras obras del Palacio de Minería y de la estatua ecuestre de Carlos IV, que junto con el edificio del antiguo Palacio  de Comunicaciones, donde se asienta el Museo Nacional de Arte, conforman una de las plazas más armónicas del continente americano”.

Las preferencias estéticas de Paz están centradas en tres artistas del siglo XIX mexicano que representan la puerta hacia lo que sería la pintura moderna del país: Hermenegildo Bustos, José María Velasco y José Guadalupe Posada. Esta posición está claramente reflejada en sus textos consagrados al arte mexicano.

No obstante, y a pesar de no haber escrito ampliamente sobre ellos, Paz reconocía el talento de otros artistas decimonónicos y gustaba de algunas de sus obras, las cuales han sido integradas al discurso museológico de la presente muestra.

Hermenegildo Bustos nació el 13 de abril de 1832 en un pueblecillo de Guanajuato llamado Purísima del Rincón. No tuvo maestros ni discípulos, pero llegó a ser uno de los más grandes retratistas en la historia de la pintura mexicana. En el ensayo Yo, pintor, indio de este pueblo: Hermenegildo Bustos, Paz hace un retrato psicológico y un estudio estético del artista guanajuatense, cuya personalidad lo maravillaba: “Excéntrico, caprichoso, avaro, diligente, reconcentrado, astuto, religioso, sarcástico…

De los tres artistas elegidos por Paz para representar la pintura del siglo XIX mexicano, José María Velasco es el único representante de la Academia. “Después de recorrer la exposición del pintor José María Velasco, el espectador se siente en lo alto de un valle frío y respira un aire delgado, aire sólo para las águilas, en un misterioso equilibrio entre el cielo y la tierra, frío otoño de las alturas.”

Así empieza el ensayo que el poeta dedicó a este admirable paisajista, quien “lejos de contemplar el Valle de México con los ojos del asombro, lo retrata como un naturalista”. Paz considera a Velasco un “alma fría y desdeñosa”, cuya obra pertenece al orden de la ciencia y no al de la sensualidad.

Con respecto al muralismo mexicano, el poeta destaca su calidad y universalidad. “La pintura mural mexicana no fue una provincia del arte europeo, fue un movimiento propio y universal, fue y es una presencia en el mundo, fue un movimiento estético y un fenómeno social”.

Recordó que Vasconcelos creía en la misión y libertad del arte, por lo que no impuso ningún dogma estético o ideológico a los artistas, en contraste con las políticas posteriores que vieron en la pintura un útil instrumento de legitimación nacional.

“La ideología de nuestros pintores no debe de ser un obstáculo para ver, apreciar y amar sus obras. La obra de arte siempre va más allá de las intenciones del artista. Por fortuna el pintor Rivera, desmintió muchas veces al ideólogo Rivera”.

En el arte contemporáneo, Paz afirma que la obra de Gunther Gerzso esconde un secreto. “La función de esas desgarraduras, heridas y oquedades es aludir a lo que está del otro lado y que no ven los ojos”.
Con respecto a Juan Soriano, quien fue uno de los amigos más cercanos de Paz, el poeta afirma que su obra es la afortunada fusión de tres potencias del arte: la tradición, la fantasía poética y la imaginación visual.

Al respecto de la obra de Manuel Felguérez, con quien también lo unió una gran amistad, Octavio Paz afirma que su trabajo crea un nuevo tipo de arte mural, donde la pintura se funde con la escultura para dar lugar a relieves policromados, así como a formas que asombran por su osadía y rigor geométrico.

Finalmente, el poeta, considera que en el mundo del arte se necesita una herramienta, un traductor constante, mismo que define como la analogía.

“La analogía es la función más alta de la imaginación y puente entre lenguajes distintos: poesía, música, pintura. Es pues, necesario tender un puente entre el cuadro y lo que se escribe, aunque pareciera que pintura y literatura  son dos lenguajes paralelos que se juntan en el infinito”.



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